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Venezuela: «Cuando llega la noche, el corazón se arruga y las lágrimas salen»

Diócesis de La Guaira

La Diócesis de La Guaira, la región más afectada por los devastadores terremotos del pasado 24 de junio, se encuentra profundamente conmovida en medio de un duelo nacional donde la Iglesia católica representa, muchas veces, el único sostén para aferrarse. El dolor es inmenso en todo el territorio. El padre Daniel Acosta, párroco de Tarmas —quien perdió su propia vivienda debido a los sismos—, describió a la delegación de la fundación pontificia Ayuda a la Iglesia que Sufre (ACN) el impacto cotidiano de la tragedia:

«Los sentimientos son muy encontrados. Nos toca acompañar, aconsejar, apoyar a los que han tenido pérdidas humanas, y también laborales, porque la mayoría de la población ha perdido su trabajo. Nos encomendamos con fuerza pidiéndole al Señor que nos ayude cada día. Nos llenamos en la mañana de su fortaleza, con ese espíritu de Dios, para dejarnos en el servicio de nuestra comunidad. Pero por la noche el corazón se arruga, porque somos seres humanos, y las lágrimas salen».

El desgarrador testimonio del clero en la Diócesis de La Guaira

Las palabras del padre Daniel resumen el sentir del obispo, los sacerdotes y las religiosas de una Diócesis de La Guaira arrasada por la catástrofe, especialmente cuando el día termina y los silencios abren espacio para el recuerdo. El párroco relató que las pérdidas más dolorosas corresponden a las vidas de seres queridos y amigos cercanos con quienes compartió durante años, siendo un golpe sumamente fuerte enterarse cada día del fallecimiento de personas conocidas, a medida que se devela la verdadera magnitud de la tragedia.

Ante la emergencia, la respuesta de fe ha sido masiva. En la parroquia Nuestra Señora de la Candelaria de Caraballeda, cuyo templo se encuentra actualmente en construcción y carece de techo y paredes, la asistencia diaria de fieles buscando consuelo se ha multiplicado por cinco. El templo permanece abierto de 7 de la mañana a 7 de la tarde y en su entrada se ha dispuesto un cartel manuscrito para organizar la información en tres listas: los fallecidos, los desaparecidos y los rescatados. Al lado del altar, sobre mesas cubiertas con manteles violetas, reposan trece cajas de madera con las cenizas de cuerpos rescatados de los escombros en los últimos días, llevados por sus familiares para la celebración de los responsos. Entre las urnas se encuentran los restos de la esposa de un ciudadano llamado Daniel, la hermana gemela de una feligresa de nombre Gloria, y los padres y la hermana de una joven que perdió a toda su familia. También figura una niña que se desempeñaba como monaguilla y portaba el báculo del obispo diocesano, Mons. Pablo Modesto, durante la festividad de San Juan, celebrada poco antes del sismo.

En medio de la aflicción generalizada, el abrazo se ha convertido en el principal canal de consuelo ante la falta de palabras. Un ejemplo de ello fue el emotivo encuentro tras la misa entre Mons. Raúl Biord —actual arzobispo de Caracas y quien fuera obispo de La Guaira durante muchos años— y el padre Daniel, a quien conoce desde la infancia, sirviendo como un espacio de contención en momentos de extrema vulnerabilidad.

Parroquias destruidas y el dolor de las pérdidas humanas

Debido a la naturaleza de la catástrofe, muchas personas han vivido situaciones profundamente traumáticas y no han tenido la oportunidad de despedirse de sus familiares. Se reportó el caso de una joven que asistió a la morgue a petición de los padres internados de una amiga para buscar a sus dos hijas; la joven tuvo que revisar individualmente doscientos cuerpos hasta localizar los restos de las dos hermanas y de una amiga común.

Asimismo, el padre Laudence Betancourt relató que acompañó durante doce horas continuas, hasta las dos de la mañana, a un matrimonio de su parroquia en el lugar donde los equipos de emergencia rescataban los cuerpos sin vida de sus dos hijos, de 23 y 16 años, con el único fin de darles el responso antes del traslado. Apenas cuatro horas después, a las 6 de la mañana, el sacerdote fue convocado a otro edificio colapsado para realizar un servicio similar.

Una de las zonas con mayores pérdidas materiales y humanas ha sido Ciudad Chávez, cuya parroquia Óscar Arnulfo quedó prácticamente destruida. El párroco de la localidad, padre Alfredo Bustamante, detalló a ACN el drama humano de su comunidad:

“Era la parroquia más joven, y ha quedado prácticamente destruida. El 80% de mis fieles han fallecido. He perdido a familias enteras, se nos han ido abuelos, padres, hijos y nietos. Del coro sólo han quedado con vida cuatro personas. También han fallecido cuatro de mis monaguillos. Hemos vivido un infierno”.

Ciudad Chávez contaba con una población de 22.500 habitantes. Aunque el número total de fallecidos aún es desconocido, la totalidad de los residentes se ha quedado sin hogar, incluido el propio párroco. Las viviendas se encuentran desplomadas, calcinadas o torcidas, configurando un escenario similar al de un conflicto armado. La economía regional, sustentada en el turismo, el puerto y el aeropuerto, fue reducida por completo a escombros, provocando una pérdida masiva de puestos de trabajo. En medio de este panorama, la única estructura que permaneció intacta fue el santuario dedicado a san José Gregorio Hernández; la estatua del santo médico de los pobres cayó de pie desde su pedestal de tres metros de altura, un hecho interpretado por los fieles como un signo de esperanza y permanencia junto al pueblo venezolano.

El milagro de la supervivencia en medio de la destrucción

A pesar del escenario apocalíptico, la tragedia también registra numerosos testimonios de supervivencia. Durante su homilía en la iglesia de la Candelaria, Mons. Pablo Modesto reflexionó sobre el milagro de conservar la vida y compartió su propia experiencia durante el sismo. El obispo relató que tras protegerse bajo el marco de una puerta durante el primer temblor, escuchó un estruendo brutal provocado por el colapso inmediato de los cinco edificios adyacentes al seminario diocesano.

A pesar de que múltiples paredes de la institución cedieron por completo, ninguno de los diecisés seminaristas sufrió heridas de gravedad, logrando evacuar el recinto a cuestas con dos personas enfermas que se encontraban en el lugar. Mons. Pablo Modesto exhortó a la comunidad a guardar estos acontecimientos en el corazón y a comprender la vida como un don para el servicio ajeno:

“Pero al final es el milagro de por qué nosotros sí que lo conseguimos y otros no. Es difícil entenderlo, pero hay que guardar esas cosas en el corazón. Como hizo María. Y saber que, si Dios nos ha regalado la vida, porque esto ha sido un regalo, es para vivirla al servicio de los otros, no para resignarnos. La pregunta no es por qué sino para qué estoy con vida”.

La respuesta de solidaridad en la zona refleja la resiliencia de la población local. Gran parte de los voluntarios que actualmente coordinan las actividades de las parroquias, colaboran con Cáritas y gestionan los centros de acopio son ciudadanos que perdieron sus propias viviendas, trabajos, familiares o amigos. A pesar del duelo individual, la comunidad de la Diócesis de La Guaira ofrece un testimonio de fe y servicio desinteresado hacia los demás que inspira a la Iglesia universal.

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