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Exarca de Donetsk: «Por muy grande que sea el mal, nunca logrará destruirlo todo»

Exarca de Donetsk

Exarca de Donetsk, Mons. Maksym Ryabukha, SDB, de 46 años, vive su ministerio como obispo en una zona de guerra activa en Ucrania. Aunque la mitad de su exarcado se encuentra ocupada por el ejército ruso y le resulta imposible ejercer la labor pastoral allí, el prelado asegura que en medio de la destrucción provocada por el conflicto sigue descubriendo «constantes signos de esperanza», visibles en la fidelidad de sus sacerdotes en la línea de fuego, la solidaridad entre los jóvenes y la fuerza de la oración de las madres.

El testimonio pastoral del Exarca de Donetsk ante la violencia

La realidad del conflicto ha cambiado de manera drástica en el territorio diocesano. Hace un año, estar a 20 kilómetros de la línea de combate otorgaba cierto margen de seguridad; sin embargo, el uso masivo de drones y bombas guiadas hace que cualquier punto situado a menos de 50 kilómetros represente un peligro extremo. La destrucción material en las zonas ocupadas es devastadora y se destruyen casas parroquiales y templos como el de Kostiantynivka, donde únicamente permanece en pie un fragmento de la cruz de la cúpula central. Ante este panorama, el obispo auxiliar define el sentido de su misión:

«La ejerzo siendo un obispo de oración y de acompañamiento. Yo no puedo detener la guerra ni cambiar el curso de la historia militar, pero sí puedo estar cerca de la gente: en la oración, en el diálogo y en la presencia pastoral. A pesar de la tragedia, veo con claridad que Dios no nos abandona. Hay constantes signos de esperanza».

Fidelidad sacerdotal, juventud y vocaciones comunitarias

La serenidad que transmiten los presbíteros locales nace de la vida de oración compartida y la fraternidad eclesial. Muchos de ellos asumen una fidelidad heroica en las parroquias y rechazan evacuar argumentando que fueron ordenados para servir a su pueblo, celebrar sus funerales, confesar y visitar a los enfermos en los momentos más críticos.

Asimismo, la respuesta comunitaria y juvenil continúa activa. Unos 60 jóvenes participaron en el curso de formación de animadores y se organizaron 15 campamentos de verano en las parroquias. Por su parte, el grupo «Madres en Oración» se reúne semanalmente, movilizando hasta a 80 mujeres en vehículos particulares organizados por los propios sacerdotes a pesar de la falta de transporte y el peligro latente. Mons. Ryabukha sintetiza esta vivencia espiritual:

«Que por muy grande que sea el mal, nunca logrará destruirlo todo».

Como salesiano, el prelado destaca que la comunidad sana la soledad provocada por el trauma. Recordó el caso de un joven que, tras huir a Zaporiyia y pasar meses encerrado por la depresión, recuperó el sentido de vivir al asistir a un campamento parroquial. Además, el conflicto ha llevado a las personas a hacerse preguntas esenciales sobre la existencia, propiciando el florecimiento de 19 seminaristas en el exarcado y conversiones de adultos, como la de un exprisionero de guerra que pidió el bautismo en Zaporiyia tras comprender que sobrevivió gracias a la fuerza recibida de Dios.

Mensaje de gratitud hacia los benefactores de ACN

El obispo expresó su firme convicción de que cada día transcurrido acerca a la población un paso más a la victoria y a la paz, transmitiendo un mensaje de reconocimiento a los donantes de Ayuda a la Iglesia que Sufre (ACN):

«Siento un profundo agradecimiento. El bien que hacemos juntos es una fuente inmensa de esperanza. Les diría que vale la pena creer e invertir en el ser humano, incluso cuando parece que vivimos en un mundo absurdo. Formar a un sacerdote, apoyar a un joven o cuidar a un niño es apostar por el futuro de un pueblo entero. Gracias a quienes siguen creyendo junto a nosotros en la posibilidad de lo imposible. Gracias a quienes reconocen nuestra dignidad y nuestro derecho a la vida».

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